Ahora sí, se vendió como la calma después de la tormenta, como la luz al final del túnel, como el chicle al final de la paleta o el jamón serrano después del queso de puerco. Supuestamente lo mejor está por venir. A partir de ayer a Joe Biden se le juzga como presidente de la nación más poderosa del mundo, ya no es un simple candidatucho más. Ahora le toca ser el mero mero.
El pasado veinte de enero se celebró la ceremonia de toma de protesta desde la capital de Estados Unidos, Washington D.C. El capitolio fue una vez más testigo del primer discurso de un presidente, en esta ocasión, uno rodeado de muchísima expectativa e incertidumbre. Para Joe Biden no fue suficiente ser el viejecito más morboso del lugar, también se decidió a ser el más patriótico, y aseguró que trabajaría para estabilizar a la clase media que está tan golpeada por los recientes estragos que solamente debilitan el orden social, propiciando el racismo, que es a su vez es otro tema a tratar. Dijo que el racismo es algo que lleva dividiendo a su país por mucho tiempo, pero que a pesar de eso, no tiene porque ser algo perpetuo. De todos modos, la historia de ese país se construyó sobre la lucha constante.
"Le doy mi palabra de que siempre defenderé la constitución, la democracia, Estados Unidos y siempre lo haré a su servicio. Dejemos que la historia nos guíe, nos encamine. Hemos llegado a ese momento en que la democracia no va a morir bajo nuestra responsabilidad". A mi parecer, este discurso es un buen primer acierto. Hablar de unión después de alguien que solo se dedicó a separar parece complicado, pero sin duda es algo que se tiene que hacer, basar la estabilidad del país en la imagen correcta de sus ciudadanos es algo en lo que los gringos eran expertos, y lo que bien se aprende nunca se olvida. Aunque cualquier cosa sabe a champán después de tomar meados, debemos juzgar al nuevo presidente como tal, y esto aplica para ambos lados de la frontera.